Forjé una casa
amparo del mundo.
Entregué dos lustros
y la textura de mi aliento.
La habité serena
y el silencio entró conmigo.
El silencio y yo
asaltados por la estridente alarma,
fuego sordo a la memoria del daño.
El silencio y yo
sacudidos,
aferrados,
en danza febril con las columnas
de mi hogar estremecido.
Cruzar el umbral hacia los otros,
en la comunión de la intemperie,
fue entonces
el único refugio.
