Ocaso



Nada es eterno, dijo. Aquella frase fue una espina que permanecería hundida en tu pecho durante algún tiempo. Continuó con la mirada sumergida en los garabatos que dibujaba sobre una hoja de papel. Tú miraste sus dedos. Te parecieron burdos y envejecidos. Y como nunca pudiste dejar de idealizar la belleza de unas manos creadoras, intentaste vincular las suyas a la imagen agradable más próxima. Lograste recordar entonces su textura, la que sentiste al estrecharlas, minutos antes. Las manos de aquel hombre poseían una suavidad extraña, macerada con usos, roces, erosión. De repente, él levantó la mirada y fijó sus enormes ojos sobre los tuyos. Dentro de ti, un sobresalto.

Se ofreció a llevarte hasta tu casa. Supiste, por la sobriedad fingida de su mirada, que tu respuesta iba a determinar los eventos sucesivos. Llevaste pros y contras a la balanza íntima de tus pensamientos: no era tanto lo que arriesgabas. Aceptaste. Luego, sólo un gesto, ninguna palabra. Un beso afable, casi convencional, que se acentuó en tus mejillas con un apremio estremecedor. No era evidencia suficiente y sin embargo...

Dos semanas después se encontraron cobijados por el frío agreste, tomando chocolate caliente a los pies de un árbol vestido en humedad. Él cantaba canciones rebeldes. Las cantaba con aquella voz desafinada que, a pesar de sí, te obsequiaba un momento grato de nostalgias compartidas. Tú callabas, escuchabas. Te sentías arrastrada hacia un estado de inercia que pronto te dejaría desarmada, peligrosamente vulnerable. Sabías que ocurriría y sabías también que no querías hacer nada por evitarlo. Necesitabas colgar las armas.

Y ocurrió que les dio por hablar del pasado y del futuro. Entonces se develaron los costados indefensos de su ser. Un antiguo convivir cargado de traiciones, violencia y enfermedad contra tu no tan remoto pasado, habitado aún por recuerdos amenos, afectos y uno que otro despecho cuasi adolescente. Se les hizo difícil hablar de un futuro. Aún así, lo intentaron. Él habló de una vida en común, la unificación de las islas. Tú ofreciste el anclaje, la construcción del puerto.

Quizá el clima, el largo trayecto recorrido. Algo los empujó hacia ese extraviado acto de fabricar ilusiones y abandonar las armas. Tú viste el entusiasmo ferviente en sus ojos, lo viste opacarse poco a poco, a medida que pasaban los días. También en ti habitó el desencanto. Sin embargo, intentaste cobijarlo, esconderlo, disfrazarlo.

Estacionados sobre otra montaña, se encontraron en plena fatiga. Los paseos que meses antes resultaban seductores y espléndidos se habían convertido en una enojosa rutina evasiva, una cortina, niebla que les impedía mirarse las verdades. Estar ante los mismos valles alegres no era nada confortable ya para un par de corazones fatalistas que comenzaban a desfallecer uno al lado del otro. Por el contrario, los paisajes se ofrecían ante sus ojos como una burla de la naturaleza. Se miraron. Con tristeza, se miraron. Viste surcar su rostro una lágrima sosegada. Tus ojos evadieron la imagen deprimente del hombre que llora en los pliegues frondosos de las montañas. Su mano, tosca y sutil a la vez, volvió tu faz inmutable hacia la suya, hecha desesperación sin consuelo.

En un gesto más propio de un niño sin padres que de un hombre con hijos, posó su cabeza sobre tus rodillas y dejó fluir aquel manantial de lágrimas achacosas. Acariciaste sus cabellos, sin piedad, con cierta comprensión, y lo escuchaste pedir entre leves sollozos que tuvieras paciencia, que no lo abandonaras. Nada es eterno, pensaste.

Ahora lo miras evadir encuentros, simular sonrisas y perdones, caminar raudo en direcciones contrarias. No logras sentirte culpable y a pesar de ello, quieres castigar un poco tu crueldad, tu falta de espiritualidad. Quieres que sus años, su incapacidad para el amor terreno, se te contagien, te aniquilen. Pero los granos de arena caen lentos hacia el otro extremo del reloj y sólo te consuelas con la idea que sus labios te heredaron: El tiempo pasa. Nada es eterno. Alguna vez, también tú comenzarás a envejecer. La forma en que lo hagas será tu deuda, tu maldición.

Juno toca a mi puerta



Fue a principios de junio cuando tuvimos la oportunidad de cruzar, más que osadas miradas, palabras. Recuerdo que, antes de ser presentados, lo veía transitar ―siempre solitario― a través de los espacios abiertos de aquel claustro. No sé por qué ganó mi atención. Aparentaba ser un hombre déspota, alejado de toda manera cordial, pero, eso sí, muy inteligente. Ahora que lo pienso, quizá fue eso. Sí, quizá fue eso, precisamente. Y viéndolo desde ese punto de vista, entonces no tendrías por qué juzgarme con tanta dureza. Desde siempre hemos rendido tributo a esa materia gris que nos hace ser hombres y mujeres, por encima de todo impulso. Así pues, que cuando lo escuché hablar por primera vez ante un público que concurría coyunturalmente al auditorio, lo escogí. No estaba al tanto del resto. Y a decir verdad, poco me hubiese importado en ese momento. Como poco me importó después, lo admito.

Desconozco cómo fui capaz de desprenderme de mis temores. Desconozco cuántos días transcurrieron hasta que recibí su voz al otro lado del teléfono. Desconozco cómo hizo para extraerme de mí misma, rozar mi piel y convencerme de entregar, a pesar de todo. Ya entonces sabía lo demás. Pero te juro que en aquel momento no tenía pretensiones de batallar por botín alguno. Sólo me importó el calor que emanaba de sus manos, la certeza de sus movimientos, su habilidad para el asalto...

Te permito me insultes. Fue liviandad y nada más.

Pero no podrás decir lo mismo ante lo que pasó luego: Hablamos. Él y yo hablamos, mucho. No te imaginas cuánto. Y de eso resultó que nos amamos, sin embargo.

Cómo pasar por alto, dime tú, que pese a un coro que gritaba el alerta, nuestras manos se encontraran y se tomaran para avanzar juntas sobre cada idea en común. Cómo sobreponerse a esa sensación de afinidad que te susurra, quedo, muy quedo, que esta que vives es tu última oportunidad y que restan sólo naufragios. Es difícil, sin dudas, sobreponerse a ese incontrolable deseo de estar junto a quien... a quien resulta ser para ti lo más cercano, lo más parecido, a aquello que siempre anhelaste.

Tú sabes, porque estuviste allí, de aquella ocasión en que él y yo nos amamos sobre las sábanas sucias de un hotel. Y entonces, a pesar de mi felicidad, me tocaste el hombro, me obligaste a mirarte y susurraste una terrible amenaza en mi oído. Lloré. Lloré largamente y las manos de aquel hombre acariciaron mi rostro, sus labios besaron mis lágrimas y su voz inquirió con desespero sobre ese llanto repentino e incontrolable. No pude contestar, claro está, y me dio por afirmar locamente, que siempre lloraba cuando hacía el amor en lugares tristes. Rió, reí, nos reímos y abrazamos, nos quisimos tiernamente hasta el amanecer.

Debes saber, antes que todo acabe, que nunca me arrepentí de nada. Tú, que observaste todo desde mucho antes, debes reconocer que nada marchaba bien en tu divino reino. No puedes culparme de todo. Sería una gran tontería. Tú y tus complejos de señora. Tú y tus tradiciones de escaparate lo arruinaron mucho antes que yo. Deberías saberlo. No fue culpa mía que tu última carta, aquel lazo-cadena que llaman hijo, revirtiera el juego más a mi favor. No fue culpa mía. Tampoco fue mi culpa que las cortinas de aquel reino se rasgaran con el roce de un evento que mil veces antes había ocurrido. Y lo sabes.

Cuando le pedí que partiera conmigo, lo hice con plena conciencia de las consecuencias. Y cuando por fin partió, toqué la felicidad con mis pestañas, pero lloré de horror. Sabía que vendrías. Yo lo sabía.



Y viniste en forma de agonía, de tortura, de muerte lenta. Viniste en forma de ausencias, de desencuentros, de malos besos. Viniste en forma de abstinencia y frases hirientes. Viniste, al fin, como perversa Erinia. Y no me queda más que abrirte las puertas de mi hogar, dejarte derribar lo que con saña antes derribé. No me queda más que pagar mis deudas, mis eternas deudas contigo, temible Juno.

No hay que salir de la casa



A Ernesto,
porque un día, al fin,
nos encontremos

Llueven copas diminutas sobre el techo de zinc. Cada cierto tiempo el sonido roba nuestra atención. Y a veces son gatos que pasean, a veces son lagartijas que cazan. Pero siempre hay sonidos en el techo. Nos miramos y tratamos de adivinar. Cuando damos con la respuesta más satisfactoria, reanudamos los juegos (o las peleas).

Hoy los sonidos no son de las copitas que llora el árbol, ni de los gatos que pasean, ni de las lagartijas que cazan. Es el grito de la lluvia que azota nuestro hogar durante horas. Nos encerramos en el único cuarto y entre los dos construimos la fortaleza que habrá de protegernos. Algunas tablas sirven de paredes y las sábanas de la cama son para nosotros un techo más seguro. Dentro, almohadas y cobijas prometen alejar el frío que se cuela por las hendijas de las ventanas.

Mientras tanto, la lluvia desespera e ingresa al hogar en forma de goteras. Corre libre el agua por el suelo de tierra hasta formar un pantano. Lloramos de miedo mientras rezamos a un dios ausente para que se vaya la lluvia. Dos horas después nos hemos dormido a pesar del escándalo en el techo.

Ahora despertamos y nos hallamos tendidos sobre las sábanas llenas de pantano, las recogemos y las sacamos ante los ojos de un sol enclenque, volvemos al hogar exhausto y reorganizamos las tablas de nuestra improvisada fortaleza, nos sentamos junto al radio y entonces podemos escuchar la voz monocorde que narra las noticias del día. Enseguida cambiamos el dial en busca de la música que nos alegraría el ocaso, pero no hallamos más que estática.

De pronto, entre tanto ruido, surge una voz irreconocible, espeluznante, que pronuncia nuestros nombres con total claridad: Daniel... Clara... Nos miramos y el terror se ha dibujado en nuestros ojos. Como si fuésemos uno solo, nos ponemos en pie y corremos hacia el patio de la casa. Allí permanecemos, dentro del inmenso pipote en horizontal que había servido como casa a un perro que se nos murió de hambre. Nos abrazamos y lloramos. No hacemos preguntas ni comentarios porque sabemos que ninguno puede dar explicaciones a lo que ha ocurrido con la radio.

Casi a las once llega mamá. La miramos entrar a la casa y salir poco después con la correa entre las manos. Sabemos que no podremos librarnos de aquel látigo a pesar de todo lo que podamos argumentar para no haber cumplido con la ley principal de nuestro hogar. Es Daniel quien sale primero para hacer frente a la correa de mamá. Yo lo observo acercarse a ella sin timidez y con valentía. No hay danzas. Mamá lo toma por un brazo y le ha estampa cinco correazos en las piernas desnudas. Adopto las lágrimas de Daniel, las que él no quiere, y lloro por ambos. Aún desde el barril le grito a mamá que no me pegue. Ella se acerca hasta mí y puedo ver su rostro anegado en humedades. Intento abrazarme a sus piernas y besar sus manos, pero ella me desprende de sí y a pesar de mi danza puede asentar los cinco correazos en mis piernas.

Luego, mientras calentamos nuestros cuerpos en la única cama, Daniel intenta contarle a mamá por qué nos hemos salido de la casa. Ella no quiere escucharlo, le exige que se duerma y la deje dormir. Mamá está cansada. Al día siguiente, Daniel y yo nos despertamos como todos los días, a la misma hora.

Mamá ha dejado el desayuno de ambos cubierto en la cocina. Comemos y limpiamos los platos, los vasos, todo. Entonces Daniel propone que juguemos al escondite. Le digo que no quiero, que me da miedo ese juego, que me da miedo esconderme sola. Pero tanto insiste mi hermano que al poco rato me encuentro contando contra la pared de la cocina. Cuento lentamente y dispuesta a cumplir con la norma: llegar a cien. Escucho a Daniel correr por toda la pequeña morada, buscando un lugar propicio para esconderse. De pronto, cuando ya voy por el número cincuenta, cesan los ruidos de mi hermano. Aún así, sigo contando. Segundos después busco por todos los rincones, bajo todos los trastes. Busco impaciente hasta que se me ocurre que Daniel, amigo de las trampas, ha salido hacia el patio. Abro la puerta y miro hacia afuera. Sólo el barril está en el patio, sólo el barril en horizontal, vacío. Empiezo a dudar de mí misma y vuelvo a buscar dentro de la casa, bajo la cama, junto a las cajas, bajo los trastes... No. Daniel no está en la casa. Lo llamo a gritos, sollozo y le anuncio mi rendición. Mi hermano no aparece. Me invade el terror.



Daniel apareció dos horas después. Entró a la casa y su rostro estaba muy pálido. Me sorprendió llorando sobre el piso de tierra, construyendo ya mi pequeño pantano. No hizo más que levantarme y llevarme a la cama. No dijo palabra alguna. Regresó a cerrar la puerta y aseguró muy bien las ventanas. Después de mucho rato, cuando ya mis lágrimas se habían agotado, vi su rostro surcado por una tristeza que no nos era conocida. Le pregunté, asustada, qué te pasó, por qué te fuiste. Él volvió su rostro hacia mí y sólo dijo no hay que salir de la casa.

Chau Sur. Que te garúe finito



Debimos saberlo desde siempre, hay vuelos disímiles. La arpía jamás volará como el cóndor. Si al águila conmueven paisajes húmedos y selváticos, el cóndor prefiere la aridez de la cordillera. Si el águila es amiga de la velocidad y la cacería, el cóndor ama la lentitud pasmosa de su esperar la muerte. Por más que uno se afane, la imaginaria línea ecuatorial dibuja también el temperamento de las aves: son otras alas.

Pero la memoria es una. Por eso permanecerá en mi mar la textura de tu piel torturada, las duras líneas de tu perfil araucano, la tibieza profunda de tus labios rebeldes. Y cuando por fin hayamos vomitado las fronteras, las banderas y las patrias, nuestros ojos hallarán la transparencia del alma ancestral enternecida.

Habitaremos así la estrella púrpura y un nuevo amanecer juntará nuestro cielo. Los mapas se habrán consumido ante el triunfo de la solidaria geografía. La rosa de los vientos se habrá deshecho entre el estallido de las olas, en un Caribe pleno de tambores y guaruras. Seremos entonces larga jarana, eterno batey, risa perpetua y alegría sostenida.

Rabo de nube

Masao Yamamoto


A José.
De mis amigos,
el mayor.


También yo invoco un silencio que es eco y retorno para ti. Y paso revista a los recuerdos escondidos entre las páginas del libro y aún puedo verte huir de las miradas del mundo. Yo también callo y me escondo, para no contar. Pero de poco vale. Hasta mí llegan rumores de voces que cuentan tu historia, triste, gris, trágica. Cubro mis orejas con la esperanza de evadirlos pero se cuelan, son ágiles. De pronto me indagan. De pronto pretenden que me una a su coro y me niego. Sí, asiento con tristeza a lo que dicen. Casi todo es verdad, casi todo. Pero hay otras historias. Hay historias que no se cuentan porque han quedado plasmadas sólo en este libro secreto. Y esas son justamente las que redimen parte de tu existencia.

Este libro deja escapar, sin que yo así lo quiera, un sábado anegado en lluvia. Claramente diviso la carretera cercada por árboles. Puedo mirarte a los ojos, enormes ojos, y leer el momento. De repente, eras feliz. De tus labios nacía una canción de tu juventud, de mi infancia. Y la canción, originalmente hermosa, iba desfigurándose con tu entusiasmo. Entonces ya los años se acortaban y no existía jerarquía digna de ser respetada. Entre bromas y risas, mis oídos exigían el silencio, sin encontrarlo. La única salida posible, escuchar al niño que cantaba dentro del hombre cansado.

Ahora el libro empuja hacia el exterior una hendidura, un sobresalto, la larga alegría de ser joven al fin. La atrapo y cuidadosamente la regreso a su página. Desde allí me dispara una sonrisa cómplice y mi pecho la recibe y la acuna, en tu honor.

Intento cerrar el libro, pero como aquella tu inquieta biblia, se abre inesperadamente y expulsa sus hojas vestidas de historia. Otro sábado se escapa y ahora el frío hace temblar la memoria. Niñas rubias vestidas como muñecas se pasean ante una iglesia de pueblo. Las miras desde lejos mientras aniquilas un durazno y de tu boca brota un juicio lapidario contra el sitio de costumbres foráneas. Celebro el evento y desnudo las contradicciones hasta que admites las falacias y entonces reímos esa manía nuestra de romper los encantos mundanos con el punzante verbo heredado del oficio. La única salida posible, convivir con nuestra eterna amargura de críticos.

Y un triste rumor me dice que llegó el momento. Recuerdo entonces cada una de tus proféticas palabras y siento confianza en lo que sigue. Sí, luego del tornado, queda sólo eso, la esperanza. La esperanza de que todo esto no haya sido en vano. La esperanza de que tu lección teológica sea cierta, que mi poca fe sea tan sólo un pequeño e insignificante error, que nos volvamos a encontrar en otra escena, otro capítulo, otro lector, otro libro.

Buenos vecinos

Arte: Banksy


Ella es, simplemente, una gritona. Y él, obviamente, un cobarde. Cuando me mudé a este lugar no pensé que tendría que soportar a tales vecinos. Me asombra que se crean seres racionales. Y es que… ¿qué tiene de racional la conducta de esa mujer? Con sólo mirarme, comienza a gritar y a insultar a mi pobre madre. Me cuesta entender su actitud. La entendería quizá si fuese yo a su habitación todas las noches para besar los pies de su marido. Pero no lo hago. Yo, pese a todo, estoy consciente de los límites que colocamos unos a otros. ¡Aunque ellos no parecen estar del todo ubicados en sus límites! Hace unos días encontré, a pocos pasos de la entrada a mi casa, uno de sus artefactos extraños. Lo primero que pensé fue que la histérica mujer lo había lanzado por la ventana la noche anterior, cuando el marido llegó medio… «medio beodo», como le gusta decir a él.

Estas viviendas están tan cerca unas de otras que, en ocasiones, una se siente un poco desprovista de privacidad. Pienso que, así como yo sé de sus más íntimos secretos (los escucho en su dormitorio cada noche pues el mío está justo debajo), estos seres deben conocer de mi vida más de lo que una se imagina. Quizá hasta comenten de las visitas que recibo cada noche y tal vez hasta sepan de mi embarazo. Lo más seguro es que se dediquen a estropear mi reputación en el vecindario, quejándose de todos los ruidos que ocasiono con mis fiestas. Pero de día, cuando yo deseo descansar, ellos golpean las paredes y tiran objetos al suelo. Lo peor son esos zapatos que usa la odiosa mujer. Parecen troncos bajo sus pies.

Hace dos noches, cuando despedía a mis amigos en la entrada, el hombre me vio y se sonrió. Yo, por supuesto, entré rápido a mi casa. No es difícil imaginar que si le devuelvo la sonrisa, su esposa vendría a buscarme con una escoba en la mano, como siempre anda.

De pequeña, cuando no podía dormir en las tardes, mi mamá me decía que una horrible bruja vendría a buscarme y me llevaría volando en su escoba. Yo nunca le creí. Antes de venir a vivir aquí, yo nunca había creído en esas cosas. Pero ahora, cada vez que veo a esa mujer, vienen a mi mente las descripciones horrendas que hacía mi madre de las brujas. Y entonces siento que esas descripciones se quedan cortas ante la que yo podría brindar de mi vecina.

Pero el secreto de la vida en vecindad es, justamente, aprender a tolerarnos unos a otros. Y tomando en cuenta eso, yo empezaré por ceder un poco: reduciré mis cuatro fiestas nocturnas de la semana a sólo tres. Creo que con eso es suficiente porque yo me aburro mucho por las noches si me quedo en casa. Y si decido salir, corro muchos riesgos. Es que este vecindario es muy peligroso. Con decir que, hace poco tiempo asesinaron a dos amigas mías. Las pobrecitas dejaron a sus hijos tan desamparados.

Según un íntimo amigo mío que presenció la escena desde un callejón cercano, los hechos ocurrieron así: Las dos muchachas, lindas bailarinas de un club que yo visito mucho, iban rápidamente saliendo de la casa de una de ellas cuando un hombre se cruzó en su camino y les gritó: ― ¡Sucias rastreras!―. Enseguida las golpeó repetidas veces con un bastón que cargaba. ¡Las mató! Yo me imagino que el tipo estaba loco. Y aún no entiendo cómo mis amigas no lograron escapar. Según este amigo mío, las muchachas se habían quedado completamente paralizadas del susto. A mí eso me parece increíble.

Lo que nadie podría poner en duda es que este vecindario se torna cada día más peligroso. Yo misma casi caigo en las garras de un tipo que estaba parado en una esquina cercana a mi casa. Me asomé. Y cuando me disponía a salir, el hombre me apuntó con algún objeto. Por supuesto que me asusté y retrocedí. No lanzó lo que cargaba entre sus manos, se sonrió y arrojó el objeto al piso. Pero cuando por fin salí, el muy desquiciado se abalanzó sobre mí. Eché a correr de vuelta a mi casa. Entonces escuché las risotadas y cuando le dijo a otro hombre, uno que no logré divisar: «¡No sé cómo tu mujer quiere deshacerse de una vecina tan graciosa! ¡Si es una ratita tan linda!»

Claro que aquel comentario me ha dejado muy preocupada. He pensado mucho en mi vecina. Si ella quiere deshacerse de mí, tendrá que hacerlo con mucha cautela. Pues al hacerme daño, de algún modo se lastima a sí misma. Y es que pese a mis desvaríos, ella y yo tenemos más cosas en común de lo que muchos podrían pensar.

Certeza de Alas

Ilustración de Paula Bonet


La feliz locura que esgrime el papagayo no da posibilidad alguna a la negación, sobre todo porque Malva ya ha soñado con la mirada atávica de aquel ave entre sus pliegues, lo ha materializado más de una vez en sus dedos, lo ha invocado y evocado. Han sido sus cantos los que han doblegado la quietud de Malva. Y ella lo agradece desplegando también sus ansias.

La ciudad, manchada y oscura, no parece tan acechante cuando priman las urgencias del amor. Por sobre ella avanza Malva, arrastrada nuevamente hacia la búsqueda frenética de habitaciones corroídas. De su costado va prendido el furor de las tierras que habita, el ser alado de rojos cantos selváticos. Ella lo deja ir y hacer en primera línea y gusta de mirarlo y saberlo porque comprende también que esta ocasión será breve y luego sólo materia prima para la construcción de una nueva querencia. «No hay ni un metro cuadrado donde se pueda amar», trina la voz de El Payo, mientras un segundo dependiente niega disponibilidad de un nido.

Desde la primera vez que se encontraron, Malva reconoció en él otro plumaje, más hermoso que el suyo, sí, pero también más cansado. Besó entonces aquellas alas y quiso acompañarlas apenas un trecho, lo suficiente como para aplacar el cansancio de él y la tristeza de ella, para recibir también alguna digna lección de vuelo en ese cielo compartido, el sacrificio húmedo de alguna cobardía agazapada. Por eso, hoy no hay nada casual, todo cuanto ocurre ha sido ya premeditado y es fruto de aquel encuentro de los juntos. Ambos lo saben.

Ante la desnudez de dos cuerpos que apenas se han mirado, aquel ganado cuarto de hotel teme el desacierto y recibe a los pasajeros con la frialdad propia de sus visos hospitalarios. Huyendo del poco entusiasta lecho, el roce de alas se ha fraguado en vertical y un abrazo se hace necesario para vencer el miedo a las pieles disímiles. De este modo, fundido el rojo plumaje con los violáceos pétalos, Malva y el papagayo son un corazón de arcilla que palpita al ritmo de un estallido de mar.

Navegando Malva sobre el ave ha descubierto hecho realidad su sueño: aquellos ojos, ancestrales y recónditos, bajo los suyos, entre sus muslos. Paramnesia del placer, aquella imagen dispara a la mujer hacia el talud de su ardor; Malva ofrenda sus arroyos encendidos ante la lengua vasija del papagayo y exhala un lamento culposo por cada contracción onírica. Ahora, Malva se sabe alada.

—La certeza de una lengua es garantía de victoria también en el amor—, ha sentenciado el papagayo ante la pequeña muerte de Malva. Y olvida que antes de ser palabra fuimos carne y pensamiento.

Dos horas de ígneo vuelo no bastan para surcar tanto cielo, sin embargo. Los tizones aún emanan el tibio humo. Malva abraza el crepitar de sus muslos. El papagayo todavía tiene sed en la piel. Pero ya no hay tiempo y tocan a la puerta.

Malva es un ave joven, lo suficientemente joven como para resguardar aún la mayor parte de su ingenuidad experiencial, no tan joven como para no reconocerse en pleno crecimiento. Por eso ahora los pétalos se distienden sobre la certeza de que no es este sino un cuerpo fugaz, un vientre pasajero que se comprime ante la cosquilla y que lejos de toda promesa es garantía irrefutable de una página más. El papagayo ha vivido mil mundos. Por eso ahora sonríe victorioso, feliz de su paso y su huella, construido nuevamente por la evidencia de sus diligentes alas, de su saberse pájaro.

Los encuentros debieron sucederse, hubiese sido lo justo: morir tantas veces como lo requiriera la lucha vital que somos. Después de todo, habían precedido muchas noches de cantos rebeldes que iban y venían de un extremo a otro del territorio exigiendo un juego, la alegría del hacerse en confluencia. Pero ya no hay tiempo. No hay tiempo ni hornillas disponibles para un ardor a fuego lento. El hambre de los cuerpos también desespera y anhela dietas ligeramente digeribles, transitorias. Eso somos: corazones serpenteando en un valle enmarañado y oscuro.

Malva y el papagayo se mueven, ya lentamente, hacia una nueva encrucijada. Ambos están tocados del ala. Ninguno se lamenta. Uno frente al otro, se reconocen. No hace falta palabra alguna para ratificarlo. Basta una mirada que se sostiene apenas por segundos y desciende para elevar un pensamiento común, el mismo deseo de partir.


Como si debiera desprenderse de algo ante Malva, el papagayo exhala un poema: canto en hoja rayada y fruncida; canto también a contrarreloj, revoltoso y alado; voz del hombre libre que se inclina ante la mujer pantera. Malva toma aquella hoja y la siente evidencia del encuentro, migajas de pan en el camino trazado junto a un ser perdido y hallado en la nocturnidad, en la parte certera de nuestro destino. El amor que nos profesamos casi siempre está hecho de versos libres. Lo negro es bello.